Dormir mal se volvió normal: ¿qué le pasa al cerebro joven?
Sharick Jiménez
Para nadie es un secreto que hoy en día los jóvenes se encuentran más ocupados, ya sea por temas laborales, académicos o familiares. Las actividades que los tienen más tiempo ocupados les quita la posibilidad de dormir adecuadamente o descansar durante toda la noche y ciertas horas del día.
Según la Academia Estadounidense de Medicina del Sueño y la Sociedad de Investigación del Sueño los adultos deben dormir 7 horas o más por noche para tener una salud óptima. Dormir más de 9 horas por noche regularmente puede ser apropiado para adultos jóvenes, personas que se recuperan de la falta de sueño y personas con enfermedades. Y dormir menos de 7 horas continuamente se asocia con efectos negativos para la salud, como aumento de peso y obesidad, diabetes, hipertensión, enfermedades cardíacas y accidentes cerebrovasculares, depresión y mayor riesgo de muerte. Dormir menos de 7 horas por noche también se asocia con un deterioro de la función inmunológica, mayor dolor, menor rendimiento, mayor número de errores y mayor riesgo de accidentes.
Por esto la falta de sueño en los jóvenes no es solo un problema de cansancio, sino que tiene consecuencias profundas en su desarrollo cerebral, salud mental y rendimiento académico.
El cerebro de un adolescente no termina de madurar hasta finales de los 20 años. Durante el sueño, se producen cambios neurocerebrales críticos, la corteza prefrontal es el área responsable del juicio, la planificación y la toma de decisiones, se desarrolla principalmente mientras se duerme. Si no se duerme lo suficiente, estas conexiones no se fortalecen adecuadamente, afectando la capacidad de controlar impulsos. La falta de sueño interrumpe la formación de mielina (la capa protectora de las neuronas) y afecta a las células gliales, lo que ralentiza la comunicación entre diferentes regiones cerebrales. La privación de sueño causa daño celular (estrés oxidativo) en las interneuronas, lo que puede “hipotecar” el futuro saludable del cerebro.
El cerebro joven está muy ocupado procesando información mientras descansa por esto el sueño es fundamental para que la información aprendida durante el día se fije en la memoria a largo plazo a través de la interacción entre el hipocampo y la corteza cerebral. Un adolescente que duerme 7 horas tiene, por ejemplo, la mitad de capacidad para resolver problemas matemáticos que uno que duerme las 9 horas recomendadas. El sueño irregular se asocia directamente con peores notas y menor rendimiento en habilidades verbales y de razonamiento.
Por otro lado, la salud mental y control emocional son importantes para un adecuado relacionamiento con la sociedad, por eso el déficit de sueño es una “puerta de entrada” a trastornos mentales. La falta de descanso aumenta la irritabilidad y los déficits en el estado de ánimo (ansiedad, ira, depresión) en un 55%. Existe una relación bidireccional entre el insomnio y la depresión. Alteraciones graves del sueño en la preadolescencia se han vinculado con un incremento significativo en el riesgo de ideación o comportamiento suicida años después.
Los jóvenes enfrentan una “tormenta perfecta” biológica y social. En la adolescencia, la melatonina (la hormona del sueño) empieza a segregarse más tarde (cerca de las 11 o 12 de la noche), lo que les impide sentir sueño temprano. La luz azul de los dispositivos electrónicos confunde al cerebro, haciéndole creer que es de día y frenando aún más la liberación de melatonina. También dormir poco entre semana y mucho los fines de semana genera un desajuste entre el reloj biológico y el social, lo que agrava la fatiga y el mal rendimiento.
Para una salud óptima, los adolescentes necesitan dormir entre 8 y 10 horas diarias. Establecer rutinas sin pantallas una hora antes de acostarse y mantener horarios regulares es clave para proteger su cerebro en desarrollo.
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